En los Juegos Olímpicos de Amberes 1920 el atleta José María Lorenzana se convirtió en el primer abanderado español de la historia. Desde entonces, 41 deportistas de nuestro país han alzado el emblema español en las ceremonias de inauguración de las citas olímpicas de verano e invierno.

Quizá el caso más llamativo sea el del esquiador Francisco Fernández Ochoa, conocido cariñosamente como “Paquito”. Tras conquistar el oro en eslalon en Sapporo 72, donde fue abanderado, el Comité Olímpico Español decidió que repitiera el papel en Múnich ese mismo año, a pesar, claro está, de que no participaba. De este modo se quiso premiar al dueño de la que todavía es la única medalla de oro española en unos Juegos de Invierno. Después volvería a representar al olimpismo español en Innsbruck (Suiza) 76 y Lake Placid (EE.UU.) 1980, lo que le convierte en el deportista que más veces ha disfrutado de este honor.

La historia no acaba ahí: En los siguientes Juegos de Invierno (Sarajevo 84) le sucedió en el cargo su hermana Blanca Fernández Ochoa, quien repitió experiencia en Albertville 92, donde además consiguió un bronce también histórico. Los Fernández Ochoa no son los dos únicos hermanos que comparten la distinción de haber sido abanderados. En Seúl 88 lo fue la Infanta Cristiana de Borbón, integrante del equipo español de vela. Su hermano, el, ahora Rey Felipe VI, tomaría el testigo en Barcelona 92, por aquel entonces Príncipe de Asturias. 

La participación de la Familia Real rompió con la tendencia de escoger a deportistas con logros olímpicos como abanderados. Eduardo Dualde fue el paladín en Tokio 64 tras ganar un bronce con el combinado español de hockey hierba en Roma 60. El boxeador Enrique Rodríguez Cal subió al tercer escalón del podio en Múnich 72 y cuatro años después representó a España en Montreal 76. El regatista Jan Abascal hizo lo propio en Los Ángeles 84 tras colgarse el oro en Moscú 80.

Precisamente en Moscú, el piragüista Herminio Menéndez, plata en Montreal 76, vivió la más extraña de las experiencias como abanderado: no portó el emblema rojigualda, sino la enseña olímpica. De esta manera, España y otros países occidentales protestaron la invasión soviética de Afganistán. El boicot no impidió que Menéndez sumara dos metales más en aquellos Juegos.