Rafael Nadal es sinónimo de orgullo para todo un país. Un deportista capaz de concentrar a España entera delante de un televisor, sufriendo y vibrando con cada golpe que el manacorí da sobre la pelota, celebrando cada punto como si fuera el último y sonriendo después de cada victoria, sintiendo ese halo de felicidad que te produce que alguien muy cercano logre sus objetivos.

Su victoria de ayer sobre la tierra parisina refrenda lo que se venía comentando en los últimos tiempos, y es que nuestro embajador es, sin lugar a dudas, el mejor tenista de todos los tiempos. Un debate que ahora mismo se alarga al deporte en su totalidad, ya que son varias las voces que colocan al balear como el mejor deportista de la historia, algo que no es ni mucho menos descabellado.

Nadal volvió a alzarse al cielo de la capital francesa después de que, hace apenas tres semanas, le viéramos competir en Roma sin poder andar, con dolor y el sufrimiento que le causa esa lesión crónica que padece en su pie izquierdo. Pero Rafa está hecho de otra pasta, y en algo menos de dos horas y veinte minutos, pasó por encima del noruego Casper Ruud, que había realizado un campeonato espectacular, pero el destino quiso que en su final más especial su rival fuese el rey de Roland Garros, que consiguió levantar las manos de nuevo sin darle ninguna opción.

Para alcanzar su 14º trofeo de los mosqueteros, el tenista de Manacor tuvo que superar a siete rivales que no pusieron las cosas sencillas. En primera ronda, venció por 3-0 al australiano Jordan Thompson, dos días después se deshizo con el mismo resultado del francés Corentin Moutet, y en dieciseisavos, también con un imponente 3-0, superó al neerlandés Botic Van De Zandschulp. A partir de aquí, llegaron los octavos de final, y con ellos los fuegos artificiales, puesto que Rafa había quedado encuadrado en un lado complejo del torneo, y la primera piedra era el joven Félix Auger-Aliassime, quien puso en aprietos a nuestro embajador, pero al que logró derrotar por 3-2 en, casi, cuatro horas y media de porfía. Después, en cuartos, llegó la final anticipada, el número uno del mundo, Novak Djokovic, hincó rodilla ante Nadal en un partido sublime del español, para alcanzar las semifinales de nuevo. Ahí esperaba Alexander Zverev, quien estaba mostrando un nivel alto de juego, pero que tras tres horas de partido, y con Rafa venciendo, una inoportuna torcedura de tobillo del alemán nos dejó sin un partido antológico y clasificó al balear a su decimocuarta final.

El resultado fue el de siempre cuando Rafa Nadal alcanza una final en la ciudad del amor, y es que el idilio que la capital de Francia y nuestro mejor deportista no va a terminar jamás, porque ya saben lo que dijo Nicolás Almagro en un partido contra el balear allá por 2008: "Este va a ganar Roland Garros 40 años seguidos; tendrá 65 años y lo seguirá ganando". Y nosotros seguiremos a su lado, disfrutando y vibrando como siempre.